miércoles, 6 de julio de 2016

Candy

Érase una vez Candy y Dan, solo estaban ellos dos...

"Érase una vez Candy y Dan. Todo era muy acalorado aquel año. La cera se derretía en los árboles, él subía a los balcones, se subía a todo. Hacía lo que fuera por ella. Pobre Danny.

Miles de pajarillos adornaban su cabello. Todo era dorado. Una noche, la cama ardió. Él era guapo, y un delincuente muy bueno. Vivíamos a base de sol y chocolate. La tarde era de un placer extravagante. Danny el intrépido. Candy se perdió.

Los últimos rayos de sol del día cruzaban como tiburones. 

- Esta vez quiero probarlo a tu manera.

Irrumpiste en mi vida y me gustó. Nos revolcamos en el fango de nuestra felicidad. Yo estaba empapada de rendición. Entonces hubo una separación de las cosas y la tierra se quedó a oscuras.
Eso es lo que buscamos. Contigo en mi interior se produce el matrimonio de la muerte. Jamás volveré a dormir.

El monstruo en la piscina. Está en la naturaleza del perro ladrar a gatos y a pollos y a todo lo que se mueva.

Miré por todas partes. A veces te detesto... durante mucho tiempo. Viernes. No era esa mi intención, madre de la tristeza. Ángel de la tormenta. 

Has dicho cosas, prometiste, apuntaste al cielo. Demanda, oferta. Mírame. ¿Dónde estabas tú cuando todo se fastidió? Con los pájaros. Vete volando a alguna parte. Jaja, jodidamente já. Eres muy divertido, Dan. 

Un jarrón de flores junto a la cama.Te hice una brecha en la cabeza, sobre el respaldo de la cama. Pero el bebé murió por la mañana. Y tú viniste. Su nombre era Thomas. Pobre jesusito. Su corazón late, como un tambor vudú. 


Érase una vez Candy y Dan, solo estaban ellos dos. Todo es dorado.

Él era guapo. Y un delincuente muy bueno. Vivíamos a base de sol y chocolate. Él se subía a los balcones, se subía a todo. Hacía lo que fuera por ella... Pobre Danny.

Irrumpiste en mi vida y me gustó, pero Danny, lo dijiste. Prometiste, apuntaste al cielo. Esa se llama Sirio, la estrella del perro, pero sólo aquí en la Tierra.

Cuánto me gusta este zumbido en mis oídos de que sólo se puede amar una cosa y no puedes ser tú.

Danny el intrépido...

Candy se perdió"



miércoles, 4 de mayo de 2016

Y...

Y dolías.
Como volver a leer mensajes de alguien que ahora solo es pasado.
Y tentabas.
Como la promesa de la última vez que hacemos algo malo.
Y caías.
Como las hojas que le sobran a este triste árbol.
Y gritabas.
Como quien tiene tanto que decir y no consigue soltar ni siquiera algo.
Y quemabas.
Como las ganas de Ícaro al acercarse al gran astro.
Y reías.
Como quien ha olvidado las lágrimas que se han llorado.
Y volvías.
Como quien, aún cojeando, regresa a por el último asalto.


Y desaparecías

martes, 3 de mayo de 2016

Estas ganas de llorar que no se van de mi pecho.


Y es que ya no tengo a quién leerle poemas, ni a quién llamar para contarle que, por no-casualidad, le he encontrado. Ya no tengo quien me de un abrazo de esos que curan, de esos que calman, de esos que te sacan lágrimas y te vacían y te desarman y te des-alman. Que ya no tengo a quién poder buscar para desahogarme sin necesidad de ponerle en situación antes porque ya lo sabes todo; ya no tengo a quién contarle mis novedades con la vehemencia de quien piensa que las alegrías, como las penas, saben mejor compartidas. Ya no tengo a quién sacarle a colación, de nuevo, esta tristeza que parece tan mía, esta tristeza que parece mi segunda nicotina. Ya no tengo a quién escuchar cuando quiero silenciar el mundo para verte hablar con fascinación de cualquier tontería que para mí se torna una nueva maravilla por tus ojos brillando de vida.

Ya no tengo... Ya no te tengo. Y a veces lo cierto es que esa certeza sigue doliendo. Pero es lo único cierto que tengo en este momento.

Eso y estas ganas de llorar que no se van de mi pecho cuando, en noches como esta, me sorprendo y te pienso... te siento.


Y aunque sé que no debería hacerlo, aunque te juro que soy consciente de que juré no volver a hacerlo, yo, hoy, en noches como esta, volvería a hablarte de nuevo.

domingo, 24 de abril de 2016

Adiós

Desde que desapareciste (porque lo tuyo no fue irte, sino desaparecer) con esa salida de escena tan dramática y dolorosa, nunca me había parado a pensar en ello. Quizá el dolor por tus palabras, la rabia del engaño o la decepción del momento no me permitieron verlo, pero ahora, un tiempo después, no puedo evitar preguntármelo sin obtener respuesta. Así que dime tú, querida ahora enemiga, ¿Cómo se puede pasar de querer a alguien como a una parte de ti, a ver a esa misma persona y no ser capaz de reconocerla? ¿Cómo narices puede pasar en la vida que dos personas que presumían de sí mismas como equipo, no sean capaces de mirarse a la cara al volver a compartir un mismo espacio-tiempo?

Porque te prometo, te juro y te perjuro, que no comprendo cómo puede pasar, de sobra sé los por qué. Pero no lo entiendo. Y me entristece. Me da pena. Me deprime el haberte podido mirar a los ojos sin sentir absolutamente nada, ni siquiera el rencor que creí tener guardado; poder mirarte a la cara y no fingir, sino sentir pura indiferencia; poder ignorarte como si no te conociera, como si no fueras nadie. Y me da lástima. No por ti, no por mí... Por nosotras, por lo que creí que teníamos, por lo que defendí tantas veces, por lo que a día de hoy seguiría llorando. Me da lástima porque sé que esta vez se acabó, que esta vez sí ha sido la última, que esta vez no hay perdón, que esta vez ya no somos tú y yo, ni tú-yo, ni tú-------yo... que esta vez, sencillamente no somos, no seremos, no volveremos a ser, ni siquiera fuimos.

Así que adiós, ya no hay hasta pronto o hasta luego, solo un delirante y frío adiós. Porque me sigues sangrando en el fondo, porque me sigues doliendo con tu desprecio, porque me sigues rasgando con tus palabras, porque me sigues cortando con tu odio. Adiós aunque nunca llegues a ver esto. Adiós aunque nunca vayas a saber que yo, por mi parte, no sé si aún te odio, si sé que ya no te quiero, pero sea lo que sea esto que siento, te prometo, te juro y te perjuro que lo hago como no lo hice antes. Y mucho.  

viernes, 29 de enero de 2016

Ahora tú, querida amiga, llévatelo contigo

Desde que tengo uso de razón, y casi podría asegurar que de toda la vida, he sabido que estas dos simples palabras no pueden ser dichas a la ligera, ¡tan siquiera deberían ser dichas!
Para siempre.
Entrañan tantas promesas, secretos, risas, dolor, amor, cariño, dudas... Entrañan vida, poseen la fragilidad de la misma; su intensidad, sus vaivenes, su “montaña rusa”, su peligrosidad. En definitiva, jamás las digas. Porque son como el deseo antes de soplar las velas: si las dices en voz alta, no se cumplen. Son como un diente de león; a veces el viento, las adversidades, sopla tan fuerte que es inevitable que sus pistilos huyan con él.
Para siempre.
Jamás las digas. Porque las promesas, como la vida, al fin y al cabo son efímeras. Indomables, finitas, arrolladoras, quebradizas, bravías, tendentes al desastre. Tarde o temprano, terminan. Te duelen, te sangran, te cortan, te queman, te consumen... te apagan. Y entonces, cuando tocan su fin, te dejan completamente incompleta, llena de recuerdos, de dolor, de rabia, ira, llanto, impotencia... llena de vacío. Pero aún así, nosotros, los humanos, somos la máxima expresión de vida y como tal, somos indomables, arrolladores, bravíos... tendentes al desastre. Y corremos hacia él. Nos lanzamos a su desapacible abismo, a la inestabilidad del momento, a la adrenalina de la ausencia de certeza al hablar de futuro... Nos dejamos caer, esperando que antes de llegar al suelo, estén para recogerte esos brazos. Sus brazos.
Para siempre.
Y yo siempre he sido de las que no escucha cuando aconsejan. De las que parecen adictas al dolor de una herida. De las que confían como si nunca hubieran fallado, como si no me hubieran fallado, como si no pudieran fallarme, como si no fueran a hacerlo, como si no existiera el fallo.
Para siempre.
Así que me lancé, amiga, te entregué uno de mis pocos para siempre y sé que tú también me entregaste el tuyo. Confíe, reí, lloré, caí, me levanté, mentí... y todo eso contigo. Confíe en ti, en que esta vez sería diferente; reí contigo, con cada una de tus risas, con cada locura, momento absurdo, ¡incluso con una simple mirada!; lloré cuando discutimos, cuando tú lloraste, cuando sentí que te perdía, cuando me di cuenta de lo afortunada que era por tenerte en mi vida; caí, caí cuando caíste, caí cuando te alejaste, caí cuando la que se alejó fui yo, caí cuando no te llamé, cuando no me llamaste, caí con ese portazo, con los gritos, peleas, desacuerdos; me levanté en cada perdón, en cada abrazo de reconciliación, en cada “te quiero”, me levanté cuando fuiste tú la que me ofreció su mano; mentí, mentí al decirlo en voz alta, al susurrarlo a los cuatro vientos, mentí cuando dejé que “para siempre” dejara de ser un simple y oculto deseo. Porque lo sabía, siempre lo supe.
Para siempre.
Para siempre se rompe siempre, para siempre no existe nunca, para siempre dura un suspiro y te arranca tantos... Siempre supe, aunque doliese, aunque nunca deseé tanto equivocarme, que nuestro para siempre, era finito. Tarde o temprano, la distancia haría lo suyo, la distancia y el olvido se hermanarían por nosotras...
Para siempre.
Pero lo que nunca supe, lo que para siempre te diré, es que jamás pude verlo venir, jamás llegué a imaginarme que una amistad así tuviera fin. Sabía que venía, no quise creer en él, pero venía. Nos pasamos la vida preguntándonos como es la muerte, qué se debe sentir cuando has llegado ahí, y ahora mismo, un día cualquiera de Enero, no puedo evitar pensar que debe sentirse, como mínimo, así. La muerte solo es otro fin y la vida está llena de finales olvidados.
Para siempre.
Así que llévatelo. Llévatelo con el gato, las risas, el dolor, nuestros proyectos de futuro, las promesas, los te quiero, los viajes, las películas, los dramas, la frustración... Llévatelo con estos días nublados, con el frío que nada tiene que ver con Enero, llévatelo con los sueños compartidos, con el pasado, con el futuro... Llévatelo para siempre. Para siempre, tenlo contigo. Esta vez, no lo grito, esta vez se va a cumplir porque para siempre te lo dejo escrito:
Aún te quiero... Para siempre.   

viernes, 14 de noviembre de 2014

Con Sum 41 en repetición


Atrás quedaron todas esas tardes que pasábamos intercambiando tus besos por mis enfados. Y aquellas innombrables madrugadas en las que me escapaba de casa para verte en cualquier sitio demasiado oscuro y sucio como para ser el escenario perfecto para un momento romántico.
Lejos de tu casa están mis pasos de ahora. Y mi corazón de aquellas tontas promesas a las que me agarraba cuando sentía que debía aguantar solo un poco más. Por ti. Por nosotros. Y por no sentir que todo lo que arriesgué sin quererlo, cayera en saco roto.
Te quise, y ahora puedo decirlo con el corazón en la mano, como nunca había querido. Y como no he vuelto hacerlo.
De una manera insana, autodestructiva y corrosiva. De una manera pura, intensa y desmesurada. Te quise cómo se quiere siempre que realmente se quiere. Como supongo que se quiere a los brazos que te abrazan sosteniendo un puñal demasiado cerca de tu espalda, pero sin tocarte. Sin miedo. Con miedo. Arriesgando. Perdiendo. Y ganando.
Y supongo que una parte de mí, la que te escribe todo esto escuchando esta estúpida canción y sintiendo un nudo en el estomago, te sigue queriendo. Con los ojos secos y el corazón calmado. Con un pinchazo de nostalgia aplacado por la decepción que no sabía que sentía. Con la fortuna de sentirme feliz por pensar en ti solo en pasado. Con la vergüenza de haberme creído alguna vez tuya. Con el arrepentimiento de haberte sentido alguna vez mío.
Volviste esa canción idiota. Cliché. Y sin significado. Otorgándole la única función de recordarme por qué ya no. Por qué hoy te recuerdo y no quiero olvidar todo lo llorado. Y sufrido.
Fueron tantas las lágrimas, las decepciones y el dolor, tantas las oportunidades que me regalaste para superarte, tantos los recuerdos que fabricaste para que creara esta montaña de decepción... Y lo que me jode realmente es todo lo que pudimos habernos querido. Bien. De verdad. Y sin  necesidad de arrugar recuerdos, manchar canciones o ensuciar momentos.
Tantas fueron las veces que juré no volver a quererte. Tantas las oportunidades que tuve de decir nunca más. Tantas las mentiras que me conté a mí misma y las excusas que puse para quererte solo un poquito más... "Solo una vez más y se habrá acabado". Y ahí estaba yo, como un satélite flotando sobre tu órbita. Como un boomerang que olvida la rabia con la que ha sido lanzado y vuelve por "solo un poquito más...".
Tantas son las ocasiones en las que me juzgué sin compasión por creer que no te quería tanto como merecías, sin saber que simplemente no merecías que te quisiera. No después de todo. Pero aun así lo hice porque ¡joder! Que sabrá nadie de lo que se siente en el calor de tus brazos y de lo extrañamente bien que se duerme después de haberte oído decir un te quiero. Que sabrán del placer de verte caer a mis pies y tirarme a tu lado para gritarte y besarte, para odiarte con amor. Que sabrá nadie si no han reído con tus bromas malas, si no saben a que saben las lágrimas que llevan tu nombre. Si no conocen lo que es sentirse invencible tan solo porque tú me quieres, ni han estado al abrigo de tus ojos tiernos. ¿Qué sabré yo a partir de ahora de eso?
Pero todo ha pasado. Y ha cambiado. No son los ojos con los que ahora te veo, sino la venda que ya no llevo. La culpa que he descargado. El corazón que he vaciado.
Si no fuera por todo lo que una vez te quise y que, sin vergüenza digo, en su justa medida te seguiré queriendo (a ti y a mí en ese primer beso), si no fuera por todas las mariposas que despertamos ese día, y porque confíe ciegamente en que nunca me arrepentiría... Ahora mismo te odiaría. Y odiaría el día que decidí poner en tus manos mi pasado con la esperanza de tenerte en mi futuro. Detestaría tus labios y sus sucias mentiras. Tus ojos negros presagiando este presente. Y enterraría este corazón maltrecho y rencoroso, que sangra por las lágrimas que no me permití llorar cuando era necesario.
Pero ahora te los devuelvo, ese corazón y esta canción, que dicen que a mi lado se sienten raros y ya he cargado demasiado con ellos. Que ya no me pertenecen, que si los quieres son tuyos, porque ya no necesito canciones y porque en lugar de coser los trozos que te sobraron de mi amor, he tejido uno nuevo. Uno que conoce el pasado y sigue estando intacto. Uno que dice que no vive si no vivo, que no siente si no siento, y que sólo le importa el aire que sale por mis labios.

sábado, 22 de marzo de 2014

"Que les jodan a tus "siempre" cómete mis "nunca""

Vaya... puto... momento. Sí, ese momento en el que en tu cabeza solo se repite una y otra vez "ese hijo de puta acaba de romperme el corazón de todas las maneras habidas y por haber", como si fuera un jodido eco. 

Y con qué brutalidad te inundan los sentimientos, ¿eh? Hace días creías que tu corazón estaba ahí dentro de decoración, que estaba totalmente superado, y ahora... Ahora sientes como de verdad se está muriendo. 

Jo-der. Estás como en shock y sientes las lágrimas picando al otro lado, pero hasta ellas, viendo como están bullendo las cosas en tus adentros, tienen miedo de salir. Y no te extraña, porque como le tuvieras cerca... Se ha librado por los pelos. 

Y ahora mismo no sabes ni qué pensar, ni qué decir, ni qué hacer. Simplemente sientes como por tus venas corre la rabia, el vértigo de la desolación cegándolo todo. Y notas que el mundo se pierde bajo tus pies, quedando el corazón sepultado, difuminado y resacoso tras el frenético golpeteo del dolor sobre tu inestable cerebro, tatuando en él:

No quiero que vuelvan a dedicarme canciones. No quiero que hayan más hombres.