viernes, 19 de agosto de 2011

La suerte de mi vida.


Para algunos la suerte es ganarse 9 millones de euros con la lotería, que su equipo favorito gané 5-0 o encontrarse a la persona perfecta en plena calle. Para mí la suerte es distinta, dista mucho de eso. Para mí la suerte es darme cuenta de que tengo todo lo necesario para ser feliz, que puedo levantarme cada mañana sabiendo que las veré, que siempre que lo necesite existirá el abrazo de mamá, y que aunque joda, todos los días voy a discutir con mi hermana, lo que no es tan malo como parece si eso significa que va a estar aquí. Para mí la suerte es darte cuenta de que existe ese hogar, esas dos personas que sea donde sea que estéis y a pesar de los cientos de kilómetros que os puedan separar, siempre te van a hacer sentir en casa. Para mí la suerte es saber que haga lo que haga siempre van a estar, que serían capaces de dar la vuelta al mundo a sprint con tal de llegar a tiempo a una cita conmigo y que pase lo que pase, podré contar con su ayuda. Para mí suerte, son ellas y tenerlas.


domingo, 14 de agosto de 2011

Crecer.




Siempre llega. Te pilla de improvisto y ya no hay nada que puedas hacer, te sientes desorientado, perdido, pero no te das cuenta de que ese será el único momento de tu vida en el que realmente sabrás dónde estás. Y entonces se produce, surge ese cambio que dividirá tu vida. Puede ocurrir en cualquier sitio; en un bar, un coche o bajo una sombrilla en la playa. Leyendo el periódico, sintiendo el asfalto deslizarse a tus pies u observando a unas niñas en pleno corazón de la adolescencia bobear en las piedras. Simple, rápido, escurridizo si no prestas la suficiente atención. Tienes que centrar todos tus sentidos, y disfrutar. Pero sobre todo, tienes que evitar pensar. Y entonces ese momento llegará, se sentará a tu lado en una roca y te susurrará. O te abofeteará de frente en un semáforo, gritándote a pulmón limpio la verdad. O se colará en ti a través de una canción que suena en el tocadiscos de la barra. Todos necesitamos llegar, y experimentar esa sensación. Nunca antes la hemos sentido y mucho menos sabemos lo que es, pero lo necesitamos. Necesitamos ese soplo en la cara que te hiela y asusta si no sabes de donde proviene, pero que tranquiliza y alienta si lo sabes llevar. Entonces cambia tu visión, es como si mirases todo con otros ojos, o a través de otra capacidad; como si ya no fuera la vista, como si ahora fuese el pensamiento, tu sexto sentido. Y justo en ese instante, justo ahí, te das cuenta de que has crecido.