domingo, 14 de agosto de 2011

Crecer.




Siempre llega. Te pilla de improvisto y ya no hay nada que puedas hacer, te sientes desorientado, perdido, pero no te das cuenta de que ese será el único momento de tu vida en el que realmente sabrás dónde estás. Y entonces se produce, surge ese cambio que dividirá tu vida. Puede ocurrir en cualquier sitio; en un bar, un coche o bajo una sombrilla en la playa. Leyendo el periódico, sintiendo el asfalto deslizarse a tus pies u observando a unas niñas en pleno corazón de la adolescencia bobear en las piedras. Simple, rápido, escurridizo si no prestas la suficiente atención. Tienes que centrar todos tus sentidos, y disfrutar. Pero sobre todo, tienes que evitar pensar. Y entonces ese momento llegará, se sentará a tu lado en una roca y te susurrará. O te abofeteará de frente en un semáforo, gritándote a pulmón limpio la verdad. O se colará en ti a través de una canción que suena en el tocadiscos de la barra. Todos necesitamos llegar, y experimentar esa sensación. Nunca antes la hemos sentido y mucho menos sabemos lo que es, pero lo necesitamos. Necesitamos ese soplo en la cara que te hiela y asusta si no sabes de donde proviene, pero que tranquiliza y alienta si lo sabes llevar. Entonces cambia tu visión, es como si mirases todo con otros ojos, o a través de otra capacidad; como si ya no fuera la vista, como si ahora fuese el pensamiento, tu sexto sentido. Y justo en ese instante, justo ahí, te das cuenta de que has crecido.

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