jueves, 22 de septiembre de 2011

A mi perro



Siempre estuviste ahí. Tu pecho me sirvió de almohada en tantas ocasiones. Me enseñaste otras sensaciones. Y me agarraste fuerte cuando estaba a punto de caerme de la moto. Luchaste con las ganas que incluso no sentías. Fuiste un gran guerrero. Me escuchaste siempre. Y me ayudaste a diferenciar lo mejor de lo peor.  Tus brazos fueron un gran abrigo en tantos inviernos. Me besaste sin yo tener que pedírtelo. Me lloraste. Trajiste todo la energía que le faltaba a mi vida. Y fuiste mi más fiel compañero. Tus huellas en mi cuerpo me servían como escudo. Me entregaste sin pedir nada todos esos años. Comprendías cada una de las lágrimas que por mi mejilla rodaba. Y todo eso en mis sueños. Porque no fuiste nada de eso. Porque nunca llegarás a serlo. Porque fuiste borde, egoísta y poco considerado. Porque nunca hubieron besos, mucho menos abrazos. Porque a la primera de cambio me cambiaste por otros labios. Porque fuiste un perro. Y porque eres un cabronazo. Porque me quieres tanto que me haces daño, ¿no? Me recriminas a diario. Luego tú no vuelves a mis brazos. Y volvemos a un círculo cerrado, de reproches, morros y falsos llantos. Tal que así, habla olvido de lo que todavía mantiene vivo. 

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