sábado, 29 de octubre de 2011

Cuando amas a alguien



 crees que se acabaron tus noches solitarias y tristes. Pero lo que no sabes es que no han hecho más que empezar, que la soledad ha venido a tocar a tu puerta, y se quedará durante mucho tiempo. Porque cuando amas a alguien te acostumbras a esa persona, a su presencia, a su olor, a su sonrisa, a sus enfados, a su compañía en general. Aprendes a vivir con ella. Y cuando se va, que lo hace, ya no es lo mismo y nada vuelve a ser como era incluso antes de conocerle. Cuando amas a alguien, todo cambia para siempre. Sea quien sea. Porque es como una de esas sensaciones que una vez que las sientes no te abandonan nunca. Ya sabes. Como las pipas, una vez que empiezas no puedes parar. Una vez que te enamoras lo harás mil veces más. Porque lo peor de un corazón enamorado es que no sabe que a partir de ese momento se convertirá en un esclavo de su propio amor, y no habrá marcha atrás. Porque aunque cambies de labios, cuerpo y manos, esa sensación no la olvidarás. Y entonces siempre serás feliz a medias. Porque te faltará algo. Porque te faltará eso. O lo tendrás en exceso. Nunca somos felices con lo que tenemos.
 Y habrá algunos que entonces pensarán que lo mejor es no enamorarse nunca, y por ello surge el miedo al amor; y otros que sufrirán por no haberse enamorado en la vida, y por eso surge el ir de flor en flor. Pero ni tanto ni tan poco, porque quien se cierra al amor no vive nunca, y quien se entrega por completo a él, pierde la vida en el intento. Algunos piensan que lo mejor es no mojarse, otros que vale la pena decir adiós a todo por esos instantes.
Yo soy de las que piensan que más vale perder un minuto en la vida, que la vida en un minuto. Pero que minuto a minuto se hace toda una vida, y que hay vidas que merecen tanto la pena vivirlas, que el hecho de que duren un minuto es irrelevante. 

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