domingo, 9 de octubre de 2011

El dolor ya no se siente


Se acelera mi respiración, siento como cada vez me falta más el aire, las manos me tiemblan, noto la sangre bombeando en mi cerebro y la cabeza me da vueltas. La rabia rugiendo. Las lágrimas empujando. Y el dolor, el dolor ya no se siente…

El dolor está a un lado. Sofocado por un gran tumulto de endorfinas que acuden rápidamente para enmascararlo. Al sistema nervioso le noto ralentizarse. Ya no queda ni rastro de la oxitocina, el hipotálamo ya no genera la molécula del amor. El hipocampo se emperra en seguir almacenando esos recuerdos a corto plazo convertidos en recuerdos a largo plazo, irremplazables, duraderos, ahora eternos en mi cabeza. Entonces acude la tristeza, a inundar todo mi cuerpo. Y ya mis pupilas no lo aguantan más, y se libera.

Cuando sentimos un dolor tan intenso y grave, que se escapa más allá de lo físico y profundiza en lo sentimental, en lo realmente doloroso, simplemente lloramos. Esto es debido a la gran presión que se genera en nuestro interior y que busca una válvula de escape. Es entonces cuando nuestro cerebro trabaja, siente ese pequeño impulso y rápidamente se pone en marcha, despierta a las glándulas lagrimales y ellas hacen el resto. Las lágrimas no son símbolo de debilidad y muy al contrario de lo que piensan muchos, ayudan. Las lágrimas destruyen bacterias, y también ayudan a acabar con el dolor, a mandarlo lejos, a liberarte de él.

Y todos lloramos, lo neguemos o no, lloramos y luego nos sentimos mejor. Porque crea un efecto anestésico, y nos notamos lejos. Nuestro cuerpo está aquí, pero nuestros pensamientos han huido a otro lugar, refugiándose de todo. Y después pasa el tiempo, casi sin darte cuenta pasa el tiempo, y cada vez lloras menos; y aunque eso sigue ahí, el dolor ya no se siente de la misma manera, incluso llega a un punto en el que apenas duele. Entonces es cuando realmente nos damos cuenta de que lo hemos superado. 

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