domingo, 23 de octubre de 2011

Ventanas

[cristal+roto,+corazon+roto,+vidrio+roto,+nunca+mas,+orgullo,+indiferencia,+no+vuelvo+nunca+mas,+perlas+a+los+cerdos,+corazon,+bl]

Porque cuando nos enamoramos somos ventanas. Cerradas para fuera, abiertas de par en par para los de dentro. Y cuando nos enamoramos, ambos somos ventanas. Nosotras que somos traslúcidas, ellos que son cristal. Y entonces surge esa “fragilidad”. La misma con la que miramos a la persona que queremos, ¿sabes? Ese intentar no herirle en ningún momento, aunque eso suponga renunciar a tus sentimientos, a tus impulsos más naturales, a tus enfados, a tus más duros pensamientos, a todo aquello que pueda dolerle lo más mínimo y al fin y al cabo apartarlo de ti. Porque es resistente, pero en cuanto sufre el primer golpe que lo deja con esas “venillas” ondeando por él, entonces se vuelve frágil, cualquier cosa puede hacer que se termine de romper, y no lo queremos. Porque no hay pegamento que lo cure, ni superglú, ni la gotita ni carglass. Nada. Porque no hay besos, abrazos o polvos que sanen eso. Porque aunque no queramos, claro que será el principio, ¡pero del fin! Porque esas cosas se acumulan y dan cierta inestabilidad, son lo que luego nos hace vivir al límite, en la cuerda floja, en ese «¡como todo siga así me vas a perder, joder!». Pero esto no significa que se acabe para siempre, no. Es solo un aviso, pero con cuidado, mucho cuidado, sin ruidos, sin apenas rozarlo, sin movimientos rápidos y bruscos, con delicadeza, pasión y sobre todo, amor, mucho amor. Entonces se puede rescatar, seguirá ahí, pero casi ha desaparecido. ¡Aunque se puede volver a agrietar!

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