sábado, 26 de noviembre de 2011

Será nuestro



Unos taburetes aruñados, una pared repleta de camisas, unas canas y un Gin Tonic. Unas lágrimas en un descampado, un cuartel de policía, una carrera detrás de otra persona y unas pocas palabras. Una tarde atípica, un puñado de risas, una hora de retraso y un par de ojos casi negro carbón. Un tres en raya en un baldosín del suelo, un pilla-pilla que conduce a un beso, unas manos de colores pegadas a la pared y una fila por orden de lista para entrar dentro. Una frase de película, una estrella para cada gracias, una canción que hace llorar y una noche entera juntas. Un todas para una, un día de playa, un perdón y demasiadas tonterías. A veces puedes llegar a echar de menos tantas cosas. Personas o momentos. Él, una amiga que se va, otra que ya no quiere estar, ocho años, una noche, y una quedada. Cosas que duelen por su ausencia, y otras que proporcionan orgullo por haber sabido conservarlas.
Las palabras que nunca me llegará a decir, las tantas otras que él no querrá oír. Los te quiero que se extraviaron en el camino. El saber que siempre será una parte de mí, que es ley de vida, pero que se la pasó por los santísimos. Que no se dé cuenta de que estoy cambiando, de que he madurado y de que le necesito porque no tiene tiempo para verme. Que duela no saber de él, pero tener todos los medios necesarios para encontrarle. Querer pedirle que me devuelva mi vida, mis lágrimas y mis risas, ese hueco en mi cabeza y sobre todo, mi tiempo.
Rogarle que vuelva, decirle que la extraño y siento que ha cambiado, como todos. Que me gustaría saber que es de su vida, que hace, que sufre y que la hace vivir, disfrutar. Que deseo que me cuente como es todo ahora sin mi ayuda, si ha sido fácil seguir adelante, si ella también lloró ese día al volver a casa y si aún se acuerda de mí.
Perdonarla porque no nos quiera tanto como debería. Comprender que no todo está cuadriculado y no se puede idealizar la medida con la que le importo. Que me cuente milongas, excusas tontas y yo me las crea. Que venga y diga que me necesita, que nos echa de menos y somos importantes.
Revivir esos recreos. La emoción al traernos el tarro de cristal a casa de Conocimiento del Medio. Las palomas colgando del techo pintadas de negro y con un lema. El camino al colegio. Verla todos los días, defender a mi pequeña. Volver a casa con mil historias estúpidas pero que parecían increíbles.
Secretos que ya sabemos pero que repetimos haciéndolos más intensos. Palabras que unen tanto o más que el pegamento. Preguntas demasiado tontas pero que se ven camufladas por las largas horas. Fantasías y sueños. Mañanas de mal humor porque el despertador suena antes de lo que quisieras. Desayunos llenos de risas pero carentes de palabras. Despedidas que no saben amargas porque sabemos que son un hasta dentro de una hora.
El estar enfadada y verte obligada a perdonar porque sino jamás te perdonarías el desperdiciar una tarde así. Risas en el agua. Partidas a las cartas en la arena. Insultos cariñosos. El lanzar la pelota lejos para que la otra tenga que nadar más. Volver a casa con un par de grados en el cuerpo de más y unas cuantas tristezas de menos. Llegar vacía e irte más llena que nunca, de felicidad y alegría. Satisfacción por estar rodeada de buenas amigas.
Siempre extrañaremos algo, lo bueno es saber que algún día lo tuvimos y si es así, será siempre nuestro.

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