martes, 13 de diciembre de 2011

Y lo he sentido




Y entiendo que ya no pienses en mí, que en tu camino te hayas tropezado con otra piedra y estés centrado en ella. Que tu error ya no soy yo. Que tu centro de atención, no sigo siendo yo.

Pero hoy he vuelto a recordar esos momentos tirados en el suelo mientras nos reíamos por nada, o tumbados en el sofá viendo esas películas tan malas. Y lo he sentido. Lo que solo una persona había conseguido hacerme sentir antes, lo que solo alguien así podría hacerme sentir. ¡No! Miento, no alguien así, sino unos pensamientos así. Sí, eso es. De esos que mueven algo, de esos que te llenan de un todo y un nada, de esos que te terminan empachando, ¡de tanto vacío! De esos que sacan lo peor de ti, lo más oscuro, pero también lo mejor; como esas caricias.

Y lo he sentido. Ese tremendo abismo en mi pecho, como si fuera un precipicio. Tanto que me hacía sentir que me dolía el cuerpo entero de puro vértigo, todo me flaqueaba, incluso la lengua. Un dolor punzante y que parece ser hasta físico, pero todos sabemos que es más de dentro, de donde realmente duelen las cosas, del alma. Un dolor agudo y horrible. Un dolor insoportable porque en realidad no es más que nada. Es sentir como tus venas están formadas por una dura oquedad y solo eres piel. Porque dentro hay un vacío, inexistente, pero vacío. Es un no sé qué y qué sé yo, que ni te imaginas.

Pero siempre ganan. Las ganas de volver a sentirlo ganan. Porque es doloroso, pero es un dolor que de cierta manera gusta. Ya sabes “sarna con gusto, no pica”. Y este dolor si se basa en ti, casi ni duele. Aunque no haya vuelta atrás, aunque no haya forma de evitarlo; ya que los dos sabemos que no sabes ser amigo mío, porque, admitámoslo, ¡no sabes!

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