viernes, 14 de noviembre de 2014

Con Sum 41 en repetición


Atrás quedaron todas esas tardes que pasábamos intercambiando tus besos por mis enfados. Y aquellas innombrables madrugadas en las que me escapaba de casa para verte en cualquier sitio demasiado oscuro y sucio como para ser el escenario perfecto para un momento romántico.
Lejos de tu casa están mis pasos de ahora. Y mi corazón de aquellas tontas promesas a las que me agarraba cuando sentía que debía aguantar solo un poco más. Por ti. Por nosotros. Y por no sentir que todo lo que arriesgué sin quererlo, cayera en saco roto.
Te quise, y ahora puedo decirlo con el corazón en la mano, como nunca había querido. Y como no he vuelto hacerlo.
De una manera insana, autodestructiva y corrosiva. De una manera pura, intensa y desmesurada. Te quise cómo se quiere siempre que realmente se quiere. Como supongo que se quiere a los brazos que te abrazan sosteniendo un puñal demasiado cerca de tu espalda, pero sin tocarte. Sin miedo. Con miedo. Arriesgando. Perdiendo. Y ganando.
Y supongo que una parte de mí, la que te escribe todo esto escuchando esta estúpida canción y sintiendo un nudo en el estomago, te sigue queriendo. Con los ojos secos y el corazón calmado. Con un pinchazo de nostalgia aplacado por la decepción que no sabía que sentía. Con la fortuna de sentirme feliz por pensar en ti solo en pasado. Con la vergüenza de haberme creído alguna vez tuya. Con el arrepentimiento de haberte sentido alguna vez mío.
Volviste esa canción idiota. Cliché. Y sin significado. Otorgándole la única función de recordarme por qué ya no. Por qué hoy te recuerdo y no quiero olvidar todo lo llorado. Y sufrido.
Fueron tantas las lágrimas, las decepciones y el dolor, tantas las oportunidades que me regalaste para superarte, tantos los recuerdos que fabricaste para que creara esta montaña de decepción... Y lo que me jode realmente es todo lo que pudimos habernos querido. Bien. De verdad. Y sin  necesidad de arrugar recuerdos, manchar canciones o ensuciar momentos.
Tantas fueron las veces que juré no volver a quererte. Tantas las oportunidades que tuve de decir nunca más. Tantas las mentiras que me conté a mí misma y las excusas que puse para quererte solo un poquito más... "Solo una vez más y se habrá acabado". Y ahí estaba yo, como un satélite flotando sobre tu órbita. Como un boomerang que olvida la rabia con la que ha sido lanzado y vuelve por "solo un poquito más...".
Tantas son las ocasiones en las que me juzgué sin compasión por creer que no te quería tanto como merecías, sin saber que simplemente no merecías que te quisiera. No después de todo. Pero aun así lo hice porque ¡joder! Que sabrá nadie de lo que se siente en el calor de tus brazos y de lo extrañamente bien que se duerme después de haberte oído decir un te quiero. Que sabrán del placer de verte caer a mis pies y tirarme a tu lado para gritarte y besarte, para odiarte con amor. Que sabrá nadie si no han reído con tus bromas malas, si no saben a que saben las lágrimas que llevan tu nombre. Si no conocen lo que es sentirse invencible tan solo porque tú me quieres, ni han estado al abrigo de tus ojos tiernos. ¿Qué sabré yo a partir de ahora de eso?
Pero todo ha pasado. Y ha cambiado. No son los ojos con los que ahora te veo, sino la venda que ya no llevo. La culpa que he descargado. El corazón que he vaciado.
Si no fuera por todo lo que una vez te quise y que, sin vergüenza digo, en su justa medida te seguiré queriendo (a ti y a mí en ese primer beso), si no fuera por todas las mariposas que despertamos ese día, y porque confíe ciegamente en que nunca me arrepentiría... Ahora mismo te odiaría. Y odiaría el día que decidí poner en tus manos mi pasado con la esperanza de tenerte en mi futuro. Detestaría tus labios y sus sucias mentiras. Tus ojos negros presagiando este presente. Y enterraría este corazón maltrecho y rencoroso, que sangra por las lágrimas que no me permití llorar cuando era necesario.
Pero ahora te los devuelvo, ese corazón y esta canción, que dicen que a mi lado se sienten raros y ya he cargado demasiado con ellos. Que ya no me pertenecen, que si los quieres son tuyos, porque ya no necesito canciones y porque en lugar de coser los trozos que te sobraron de mi amor, he tejido uno nuevo. Uno que conoce el pasado y sigue estando intacto. Uno que dice que no vive si no vivo, que no siente si no siento, y que sólo le importa el aire que sale por mis labios.

sábado, 22 de marzo de 2014

"Que les jodan a tus "siempre" cómete mis "nunca""

Vaya... puto... momento. Sí, ese momento en el que en tu cabeza solo se repite una y otra vez "ese hijo de puta acaba de romperme el corazón de todas las maneras habidas y por haber", como si fuera un jodido eco. 

Y con qué brutalidad te inundan los sentimientos, ¿eh? Hace días creías que tu corazón estaba ahí dentro de decoración, que estaba totalmente superado, y ahora... Ahora sientes como de verdad se está muriendo. 

Jo-der. Estás como en shock y sientes las lágrimas picando al otro lado, pero hasta ellas, viendo como están bullendo las cosas en tus adentros, tienen miedo de salir. Y no te extraña, porque como le tuvieras cerca... Se ha librado por los pelos. 

Y ahora mismo no sabes ni qué pensar, ni qué decir, ni qué hacer. Simplemente sientes como por tus venas corre la rabia, el vértigo de la desolación cegándolo todo. Y notas que el mundo se pierde bajo tus pies, quedando el corazón sepultado, difuminado y resacoso tras el frenético golpeteo del dolor sobre tu inestable cerebro, tatuando en él:

No quiero que vuelvan a dedicarme canciones. No quiero que hayan más hombres. 

lunes, 17 de marzo de 2014

Qué jodido, corazón

Y qué jodido cuando te quedas así, como a medio romper. Porque ojalá pudiera romperme del todo, ¿sabes? Para así reconstruirme empezando de cero.

Qué jodido, ¿eh? Cuando te cansas de estar luchando sin descanso. Y lo peor es que es contigo misma. Qué jodido y doloroso, corazón.

Y es que aún no entiendo qué narices debe pasar en mi cabeza para llevarme a hacer ciertas cosas. Y es que ya lo ves, cariño, que en mí pocas cosas tienen su sentido. Me noto bordeando tantas veces el límite que... que ojalá no pretendas entenderlo. Ojalá no quieras buscar más, para que así no te encuentres con el horror de mis heridas.

A estas alturas deberías saber que soy toda en mí un absurdo despropósito. Deberías ser más que consciente de que, aunque parezca mantener el equilibrio, soy jodidamente tendente al desastre.

Pero yo ya no pido que lo comprendas. Ni siquiera que lo intentes. Yo, a estas alturas, solo busco alguien que me quiera.

Aunque luego, como yo, no sepa cómo hacerlo.

Miedo

Mentiría si dijera que ya no quedan costumbres que, minuto a minuto, tientan. Y que jamás llegara el momento en que desees perder de vista a quien antes era indispensable en tu vida. Te engañaría si dijera que cada realidad del pasado a día de hoy está superada. Y que, al menos una vez al día, no me escaparía a aquel lugar donde cada paso posee la fragilidad de aquel que está a punto de estallar. Lo haría tanto…

Pero a cada día que pasa siento como me voy endureciendo un pedacito más, y cada vez me siento danzar más al borde de la locura. Ignorando a los demonios que me atormentan y burlando las palabras de aquellos a quienes antes quería. Estoy perdiendo la cabeza. Y es que una baila tantas veces al día al filo de la tristeza que… Que volvería a caer en aquella espiral de porquería.

Una está tan acostumbrada a caer y, después de un par gritos, levantarse, que ya se tira por pura inercia si no tropieza un día. Y cuántas veces vuelve a la cabeza esa puta melancolía. Y cuántas veces la cambiaría por aquellas insalubres manías. La distractora tentación del dolor cuando se va rompiendo la corteza. Y el insensible embobamiento del momento cuando ves la sangre descarrilarse como un puto tranvía.

Siento miedo tantas veces al día. Miedo de mí misma. Y en esos momentos volvería. Caería en picado en la seguridad de ciertos brazos y desaparecería por un tiempo ilimitado. Me tiraría al suelo en cualquier baño hasta que se me fuera la cabeza y ya solo quedaran las lágrimas estrellándose contra mis manos. Hasta sentir ese dolor de garganta tan familiar y mi mente volara lejos de este inservible cuerpo exhausto.

Pero aquí sigo día a día, enfrentándome a estos enfermizos fantasmas y fingiendo que estoy luchando. Como si hallara más motivo que mis constantes vitales en orden, para hacerlo. Como si pudiera llegar el día, y quizá más pronto que tarde, en que gritara a los cuatro vientos que toda esa mierda la he superado. O como quien se agarra al viento y, al abrir las manos, espera ver algo.

¡Ya no queda humo!