viernes, 29 de enero de 2016

Ahora tú, querida amiga, llévatelo contigo

Desde que tengo uso de razón, y casi podría asegurar que de toda la vida, he sabido que estas dos simples palabras no pueden ser dichas a la ligera, ¡tan siquiera deberían ser dichas!
Para siempre.
Entrañan tantas promesas, secretos, risas, dolor, amor, cariño, dudas... Entrañan vida, poseen la fragilidad de la misma; su intensidad, sus vaivenes, su “montaña rusa”, su peligrosidad. En definitiva, jamás las digas. Porque son como el deseo antes de soplar las velas: si las dices en voz alta, no se cumplen. Son como un diente de león; a veces el viento, las adversidades, sopla tan fuerte que es inevitable que sus pistilos huyan con él.
Para siempre.
Jamás las digas. Porque las promesas, como la vida, al fin y al cabo son efímeras. Indomables, finitas, arrolladoras, quebradizas, bravías, tendentes al desastre. Tarde o temprano, terminan. Te duelen, te sangran, te cortan, te queman, te consumen... te apagan. Y entonces, cuando tocan su fin, te dejan completamente incompleta, llena de recuerdos, de dolor, de rabia, ira, llanto, impotencia... llena de vacío. Pero aún así, nosotros, los humanos, somos la máxima expresión de vida y como tal, somos indomables, arrolladores, bravíos... tendentes al desastre. Y corremos hacia él. Nos lanzamos a su desapacible abismo, a la inestabilidad del momento, a la adrenalina de la ausencia de certeza al hablar de futuro... Nos dejamos caer, esperando que antes de llegar al suelo, estén para recogerte esos brazos. Sus brazos.
Para siempre.
Y yo siempre he sido de las que no escucha cuando aconsejan. De las que parecen adictas al dolor de una herida. De las que confían como si nunca hubieran fallado, como si no me hubieran fallado, como si no pudieran fallarme, como si no fueran a hacerlo, como si no existiera el fallo.
Para siempre.
Así que me lancé, amiga, te entregué uno de mis pocos para siempre y sé que tú también me entregaste el tuyo. Confíe, reí, lloré, caí, me levanté, mentí... y todo eso contigo. Confíe en ti, en que esta vez sería diferente; reí contigo, con cada una de tus risas, con cada locura, momento absurdo, ¡incluso con una simple mirada!; lloré cuando discutimos, cuando tú lloraste, cuando sentí que te perdía, cuando me di cuenta de lo afortunada que era por tenerte en mi vida; caí, caí cuando caíste, caí cuando te alejaste, caí cuando la que se alejó fui yo, caí cuando no te llamé, cuando no me llamaste, caí con ese portazo, con los gritos, peleas, desacuerdos; me levanté en cada perdón, en cada abrazo de reconciliación, en cada “te quiero”, me levanté cuando fuiste tú la que me ofreció su mano; mentí, mentí al decirlo en voz alta, al susurrarlo a los cuatro vientos, mentí cuando dejé que “para siempre” dejara de ser un simple y oculto deseo. Porque lo sabía, siempre lo supe.
Para siempre.
Para siempre se rompe siempre, para siempre no existe nunca, para siempre dura un suspiro y te arranca tantos... Siempre supe, aunque doliese, aunque nunca deseé tanto equivocarme, que nuestro para siempre, era finito. Tarde o temprano, la distancia haría lo suyo, la distancia y el olvido se hermanarían por nosotras...
Para siempre.
Pero lo que nunca supe, lo que para siempre te diré, es que jamás pude verlo venir, jamás llegué a imaginarme que una amistad así tuviera fin. Sabía que venía, no quise creer en él, pero venía. Nos pasamos la vida preguntándonos como es la muerte, qué se debe sentir cuando has llegado ahí, y ahora mismo, un día cualquiera de Enero, no puedo evitar pensar que debe sentirse, como mínimo, así. La muerte solo es otro fin y la vida está llena de finales olvidados.
Para siempre.
Así que llévatelo. Llévatelo con el gato, las risas, el dolor, nuestros proyectos de futuro, las promesas, los te quiero, los viajes, las películas, los dramas, la frustración... Llévatelo con estos días nublados, con el frío que nada tiene que ver con Enero, llévatelo con los sueños compartidos, con el pasado, con el futuro... Llévatelo para siempre. Para siempre, tenlo contigo. Esta vez, no lo grito, esta vez se va a cumplir porque para siempre te lo dejo escrito:
Aún te quiero... Para siempre.   

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