miércoles, 4 de mayo de 2016

Y...

Y dolías.
Como volver a leer mensajes de alguien que ahora solo es pasado.
Y tentabas.
Como la promesa de la última vez que hacemos algo malo.
Y caías.
Como las hojas que le sobran a este triste árbol.
Y gritabas.
Como quien tiene tanto que decir y no consigue soltar ni siquiera algo.
Y quemabas.
Como las ganas de Ícaro al acercarse al gran astro.
Y reías.
Como quien ha olvidado las lágrimas que se han llorado.
Y volvías.
Como quien, aún cojeando, regresa a por el último asalto.


Y desaparecías

martes, 3 de mayo de 2016

Estas ganas de llorar que no se van de mi pecho.


Y es que ya no tengo a quién leerle poemas, ni a quién llamar para contarle que, por no-casualidad, le he encontrado. Ya no tengo quien me de un abrazo de esos que curan, de esos que calman, de esos que te sacan lágrimas y te vacían y te desarman y te des-alman. Que ya no tengo a quién poder buscar para desahogarme sin necesidad de ponerle en situación antes porque ya lo sabes todo; ya no tengo a quién contarle mis novedades con la vehemencia de quien piensa que las alegrías, como las penas, saben mejor compartidas. Ya no tengo a quién sacarle a colación, de nuevo, esta tristeza que parece tan mía, esta tristeza que parece mi segunda nicotina. Ya no tengo a quién escuchar cuando quiero silenciar el mundo para verte hablar con fascinación de cualquier tontería que para mí se torna una nueva maravilla por tus ojos brillando de vida.

Ya no tengo... Ya no te tengo. Y a veces lo cierto es que esa certeza sigue doliendo. Pero es lo único cierto que tengo en este momento.

Eso y estas ganas de llorar que no se van de mi pecho cuando, en noches como esta, me sorprendo y te pienso... te siento.


Y aunque sé que no debería hacerlo, aunque te juro que soy consciente de que juré no volver a hacerlo, yo, hoy, en noches como esta, volvería a hablarte de nuevo.