martes, 3 de mayo de 2016

Estas ganas de llorar que no se van de mi pecho.


Y es que ya no tengo a quién leerle poemas, ni a quién llamar para contarle que, por no-casualidad, le he encontrado. Ya no tengo quien me de un abrazo de esos que curan, de esos que calman, de esos que te sacan lágrimas y te vacían y te desarman y te des-alman. Que ya no tengo a quién poder buscar para desahogarme sin necesidad de ponerle en situación antes porque ya lo sabes todo; ya no tengo a quién contarle mis novedades con la vehemencia de quien piensa que las alegrías, como las penas, saben mejor compartidas. Ya no tengo a quién sacarle a colación, de nuevo, esta tristeza que parece tan mía, esta tristeza que parece mi segunda nicotina. Ya no tengo a quién escuchar cuando quiero silenciar el mundo para verte hablar con fascinación de cualquier tontería que para mí se torna una nueva maravilla por tus ojos brillando de vida.

Ya no tengo... Ya no te tengo. Y a veces lo cierto es que esa certeza sigue doliendo. Pero es lo único cierto que tengo en este momento.

Eso y estas ganas de llorar que no se van de mi pecho cuando, en noches como esta, me sorprendo y te pienso... te siento.


Y aunque sé que no debería hacerlo, aunque te juro que soy consciente de que juré no volver a hacerlo, yo, hoy, en noches como esta, volvería a hablarte de nuevo.

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